La vergüenza

Desnudo azul. Matisse

Ya llevo varios años facilitando talleres sobre la vergüenza a mujeres (a algún hombre también) de diversas edades, procedencias, características… siempre con algo en común: un enorme deseo de compartirse, de contactar, de expandirse… y el dolor y la frustración de no poder hacerlo o no hacerlo «del todo» o «sin máscara» porque la vergüenza les invade.

La vergüenza puede afectar a un área concreta de nuestra vida: a nuestras relaciones sociales, a la intimidad de pareja, a nuestra valoración en el trabajo o a la percepción-relación con nuestro cuerpo, a nuestra sexualidad….o puede ser algo que forma parte de nuestro ser en el mundo afectando a todas ellas. En todo caso es una experiencia que nos limita a la hora de relacionarnos con los demás, de expresar con claridad y libertad nuestras necesidades y deseos, de poner límites y de entregarnos a vivir situaciones placenteras. Provoca sentimientos muy dolorosos, una gran tristeza y sensación de soledad.

En las vergonzosas hay un constante escrutinio de una misma (de cada palabra, cada gesto y cada acto) como si hubiera siempre algo sospechoso, algo que ocultar, algo que, si se ve, haría que los demás miraran hacia otro lado. A esa voz con la que te haces pequeñita, que te hace creer que eres «defectuosa» y que no tienes valor, yo le llamo el Monstruo de la Vergüenza. Un monstruo que puede tomar un tamaño aterrador y paralizarte haciendo que te pierdas muchas experiencias de la vida.

Si la culpa va asociada al castigo, la vergüenza va asociada al rechazo, a la exclusión, a dejar de pertenecer, a que te retiren el amor. Si la culpa va asociada a «haber hecho» algo «malo» (sea real o no), la vergüenza va asociada a «ser» mala….o no querible, o inadecuada, o que no encaja.

El movimiento básico de la vergüenza es la CONTRACCIÓN. Meterse hacia adentro, encogerse, esconderse y paralizarse. Adentro queda encerrado en los músculos el impulso original que quería manifestarse: el deseo, la rabia, el enfado, el decir «no» pronunciando todas las sílabas con absoluto convencimiento, el entregarse a la alegría con cada célula. (También está la que tiende a lanzarse hacia afuera a lo loco pasando por encima de todo antes de darse cuenta de que… ¡se muere de vergüenza!)

En un mundo cada vez más competitivo e intolerante a todo lo que se percibe como signo de debilidad o dependencia, la respuesta habitual del entorno a quien muestra falta de confianza, una autoestima pobre o vergüenza es la exigencia a empoderarse y «quitarse la vergüenza», como si esto fuera una opción voluntaria y posible para quien la padece. Lo que suele ocurrir es que se incremente la dificultad al generar «vergüenza de tener vergüenza» y culpa por ser «así».

La buena noticia es que la vergüenza no es una sentencia de por vida. No está en los genes, es un mecanismo aprendido y se puede trabajar con él.

¿QUÉ AYUDA CON LA VERGÜENZA?

  • El contacto con el otro/la otra, el buen contacto. Autentico y acogedor. El que no juzga. El que dice: «está bien como eres», «eres querible como eres». Buscar un espacio terapéutico individual o grupal dónde puedas experimentar este vínculo sanador, donde poder mostrarte y ser aceptada más allá de los juicios; un espacio de seguridad y respeto donde puedas trabajar y elaborar la vergüenza.
  • Sanar la herida infantil, enfadarse, llorar, despedirse del dolor que causó no ser vista ni reconocida, o ser mal vista, de haber tenido que aprender a avergonzarte de ti para mantener el amor de los que te rodeaban.
  • Recuperar una mirada bondadosa sobre una misma y la capacidad de ver a los demás sin esas gafas de color negro que dicen: «está pensando que soy ridícula», «le parezco tonta» etc..Esa mirada es la tuya sobre ti misma, no la del otro. Tal vez de momento no puedas dejar de sentir que es real, pero puedes cuestionarlo y ponerlo en entredicho.
  • Cuestionar al monstruo interno cuando asoma. Aprender a reconocer y desbaratar esa voz que dice «lo tuyo no vale», «tu no sabes», «tu no puedes» o «no mereces» (Y tantas otras cosas que podría escribir aquí porque el lenguaje monstruítico es infinito.)
  • Aprender a nutrirse del SÍ: aprender a recibir la valoración y a hacerla tuya; aprender a decir «soy suficiente», «estoy bien»; a reconocerse los logros, a aceptarse en la dificultad sin que eso suponga caer en la desesperación: «ahora esto me es difícil, está bien así».
  • Llevar la mirada afuera, a los otros, verlos y reconocerlos y renunciar a la idea de que todo gira a tu alrededor. Tienen vida propia, sus reacciones no siempre tienen que ver contigo y, aunque lo tengan, no son tu responsabilidad.

Continuará…

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